La argentinidad al palo


la argentinidad al paloPor Darío Gannio. El ARSAT, emblema de la soberanía satelital, será explotado por una compañía norteamericana desde el próximo lanzamiento.

El presidente Mauricio Macri aprobó la venta de ARSAT de manera ilegal a una empresa de Estados Unidos. Los próximos satélites producidos en Argentina serán manejados por una firma internacional que también se quedará con el espacio orbital que le correspondía al país.

En una carta de intención firmada el 29 de junio a la que accedió El Destape, el Gobierno autorizó a la compañía Hughes a que se quede con "al menos" el 51% del ARSAT 3 y también la autorizó a cambiarle el nombre. La venta es ilegal: va en contra de la ley 27.208 de Desarrollo de la Industria Satelital aprobada en 2015, que en su artículo 8 dicta que no se pueden ceder los derechos de este nuevo satélite y que, de hacerse cambios en el esquema que propuso el kirchnerismo, deben ser aprobados por el Congreso, según el artículo 10. Pero, sin licitación ni consulta, se le cedió la producción y explotación del nuevo ARSAT a esta compañía, que también se quedará con el espacio orbital que le correspondía al país y se podrá llevar al exterior los dividendos que se generen, que hasta ahora eran para financiar futuros satélites.

La fusión fue aprobada hace días en secreto por el director de ARSAT y yerno del ministro Oscar Aguad, Rodrigo De Loredo, y los representantes de Hughes, quienes acordaron que a partir de ahora se cree una nueva empresa.

Mientras que para la producción de los anteriores ARSAT se usó al menos un 30% de elaboración argentina, para el nuevo satélite se comprará tecnología a Estados Unidos, donde también se arbitrará en caso de litigio, como en el caso de los fondos buitre. La firma beneficiada por la compra de herramental, según dicta la carta de intención firmada hace dos semanas, es la norteamericana Thales Alenia Space.

En esto Macri guarda coherencia: en 2006, como diputado, votó en contra del lanzamiento del ARSAT 1, al igual que Elisa Carrió y el propio Aguad. El flamante ministro de Defensa quedó en la mira desde la aprobación de la compra de Telecom por parte de Clarín, que también tiene relación con Hughes, una compañía con años en la industria satelital, cuyo manager general para la región es Hugo Frega.

Argentina se transformó con el lanzamiento de ARSAT 1 en el único país americano en lograrlo, además de Estados Unidos. En el mundo no hay más de diez países que puedan construir satélites geoestacionarios de telecomunicaciones. El primer ARSAT costó cerca de u$s 270 millones, el segundo u$s 250 y el tercero estaba valuado en 230 millones de dólares. Ese monto exacto es el que se le pidió a Hughes, sin sumarle ni un dólar a la valuación.

Otro de los puntos que se le criticaron a la administración macrista tiene que ver con la venta de los servicios de estos satélites. Es que, al igual que las low cost para Aerolíneas, Macri autorizó la entrada de varias compañías que ofrecen un servicio similar al que ofrecía ARSAT. Así y todo, los satélites se autofinancian: con lo recaudado en seis años, se podía construir uno nuevo.

Los documentos:


el mito de kutznetsEl Gobierno justifica el actual y futuro ajuste en que hay que pagar las cuentas del despilfarro populista. Ese mensaje apunta a que los sectores populares legitimen la pérdida de derechos y se resignen a la desigualdad.


 

Por Vladimir L. Cares *-   La actual restauración neoliberal es una tóxica marejada que arroja sobre las costas argentinas una sensación de déjà vu. Una de las cuestiones que vuelven a repetirse como un mantra es aquello que Carlos Menem decía una y otra vez durante la década de los ‘90: “estamos mal pero vamos bien”. Muchos consideraban que era una muestra más de cinismo menemista, en el estilo de otra frase célebre: “siempre hubo pobres y siempre los habrá”. Sin embargo, Menem no hacía otra cosa que repetir un lugar común en el  pensamiento económico neoclásico: que el desarrollo de un país no es algo gratis, que los costos para llegar a él pueden ser altísimos.

Quien supo darle en su momento una forma académica a esta cuestión fue Simon Kuznets, Premio Nobel de Economía en 1971. Kuznets, hacia 1955, publicó el artículo “Crecimiento económico y desigualdad en el ingreso” en donde sostenía que el camino al desarrollo y crecimiento tiene tres fases bien marcadas: en la primera, un incremento sostenido del Producto Interno Bruto per cápita es acompañado por una desigualdad creciente en la distribución del  ingreso; en la segunda se alcanza un punto (llamado turning-point), en el que esta tendencia se revierte para arribar, finalmente, a la tercera parte del camino en donde los incrementos del PIB son asociados a cada vez menores valores de desigualdad. Esto último puede explicarse a raíz de que la sociedad pudo alcanzar niveles de un crecimiento sostenido en el tiempo, en particular impulsado por una industria de base tecnológica, cuyos beneficios alcanzan a toda la población.

La curva


El argumento central de Kutznets era asimismo propagandizado por los intelectuales orgánicos del menemato. Uno de ellos, Mariano Grondona, pontificaba en las páginas de La Nación que “la tesis de Kuznets responde a una lógica económica y política. En la aldea primitiva, todos, hasta el jefe y el hechicero, son pobres. Luego, cuando la economía empieza a moverse rápidamente hacia adelante, algunos pican en punta. Ya sean banqueros, empresarios o profesionales, son ellos quienes canalizan la acumulación de inversiones que da lugar al desarrollo. Naturalmente, les va mejor que a los demás... En la etapa final del crecimiento, ya hay recursos más que suficientes para atender simultáneamente a la acumulación que exigen las inversiones y a la distribución sin la cual no habría bienestar ni consenso”. La curva representativa de esta hipótesis se denomina “Curva de la U-invertida de Kuznets”.

De acuerdo con esta idea, Argentina en la década de los noventa se encontraba en la rama izquierda de la “U”, por ello había crecimiento pero también desocupación, pobreza extrema y distribución muy desigual de la renta. La compleja situación social que vivía el país era el costo a pagar por el crecimiento económico y el bienestar futuros. Sin embargo, se sabe cómo terminó la experiencia neoliberal. No se avanzó hacia el progreso y el desarrollo sino que por el contrario la Argentina atravesó la peor crisis política, económica y social de su historia.

¿Lo anteriormente expresado anula la hipótesis de Kutznets? No necesariamente. Se podría argumentar que la situación en Argentina fue la consecuencia de la falta de habilidad de los políticos que no pudieron desde el Estado sostener en tiempo y forma las reformas imprescindibles que precisaba el modelo neoliberal. Visto desde esta perspectiva no hay manera de falsar (en sentido popperiano) la teoría y práctica del neoliberalismo; sus fallas siempre son fruto de la interrupción a destiempo del proceso y no de su propia dinámica.

Sin embargo, puede ser de utilidad analizar el comportamiento de un país desarrollado, con economía de libre mercado, en donde se pueda observar durante un período prolongado los datos de crecimiento económico y distribución del ingreso. En caso de observarse inconsecuencias que pongan en tela de juicio el enfoque de Kutznets esto sí sería provechoso para una estrategia que enfrente en el terreno teórico los actuales desvaríos de los epígonos macristas del “estamos mal pero vamos bien”.

El caso EE.UU.


Vamos a analizar el ejemplo de Estados Unidos, la economía más grande y primera potencia mundial. Las estadísticas disponibles para este caso abarcan muchos períodos y además son rigurosas y confiables. El catedrático español E. Palazuelos, destacado economista de la Universidad Complutense de Madrid, analizó el comportamiento de los índices de la Renta Doméstica norteamericana en el período 1981-2000. En valores absolutos el Producto Interno Bruto prácticamente se duplicó en ese período, pasando de unos 5500 a 10.000 (miles de millones de dólares constantes al año 2000). También se registra una tendencia alcista en el valor del índice de Gini para ingresos totales, variando sus límites entre 0,37 y 0,42.

Por otra parte, la Organización Internacional del Trabajo publicó este año el “Reporte de Salarios Globales 2016/2017”. En este trabajo se puede apreciar que para el caso de los países más desarrollados –incluido Estados Unidos– hay una progresiva separación entre productividad y salarios en el período 1999-2015.

Conviene recordar aquí que desde la propia teoría económica hegemónica se sostiene que el proceso productivo retribuye a los factores productivos (capital y trabajo, básicamente) en términos de ganancias y salarios, de manera proporcional a su productividad marginal. Si crece la productividad de los trabajadores y estos no se apropian totalmente de la misma es un indicativo de que el factor capital lo está haciendo. Esto impactará de manera negativa, como es de suponer, en la distribución del ingreso. Los datos revelados sobre Estados Unidos muestran que las relaciones causales entre desigualdad y crecimiento no se verifican en los últimos decenios en un país en el que además hay una de las tasas más altas de inversión en Ciencia y Tecnología. El modelo de Kuznets fracasa estrepitosamente en donde mejor debería validarse.

Largo plazo


La instauración del neoliberalismo en la década de 1990 necesitaba que el Estado y el mundo empresario y mediático hicieran valer sus roles discursivos e ideológicos formadores de sentido común con el objetivo expreso de que la sociedad civil fuera la generadora de un nuevo orden político, económico y social. Hoy se pretende construir un escenario similar, en donde pululen y se difundan de manera más vulgar o más académica según sea la necesidad y la ocasión, ideas como las sostenidas por Kutznets.

Es pertinente remarcar que se pretende convencer al público de que si bien hay costos por pagar los beneficios futuros vendrán en el muy corto plazo. Kutznets, por el contrario, cuando presentó su modelo a mediados de la década de 1950 lo hizo mostrando tendencias en el largo plazo histórico (en siglos). A partir de los datos reunidos, Kutznets podía disponer de argumentos que le permitieran sostener la superioridad en el tiempo de las economías de mercado a nivel global. Sin embargo, lo irónico de esta historia es que hay una reversión de las tendencias históricas apenas dos décadas después de la publicación del artículo de Kutznets. A pesar de esto, el carácter triunfalista y propagandístico del modelo kutznesiano se mantiene hasta el día de hoy, a contramano de las últimas investigaciones.

El economista serbio Branko Malincovic, un especialista en estudios de la desigualdad, afirma que “Estados Unidos y Reino Unido, son dos países que son modelos ejemplares del desarrollo capitalista y en donde los datos son más abundantes. Si uno mira el período 1850-1980, los resultados son casi totalmente consistentes con la curva en forma de U invertida que predice la teoría de Kuznets… El problema con el enfoque de Kuznets es que no puede explicar la creciente desigualdad que se produjo después de 1980” (Global inequality: a new approach for the age of globalization, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2016, p. 48-49).

Desde las usinas de poder se afirma que hay que pagar las cuentas del despilfarro populista; de que no se puede gastar lo que no se tiene; de que volver a la senda de la normalidad y el crecimiento es el objetivo irrenunciable y que para eso es necesario asumir los costos, aún los más difíciles y dolorosos. Toda esta vocinglería aturdidora es una muestra palpable de que se está inoculando desde el Estado y sus voceros mediáticos la ideología neoliberal a toda la sociedad, las veinticuatro horas del día. Es una tarea irrenunciable, por consiguiente, desenmascarar estos mitos. Uno de ellos, de los más peligrosos, es precisamente el de Kutznets.

* Ingeniero, Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional del Comahue.

PepsiCo, un trago amargo


pepsico un trago amargoEl cierre de una fuente de trabajo decidido por PepsiCo con el apoyo activo de Macri y Vidal. Las sinrazones de la empresa, sucesivas mentiras. Complicidad de Bullrich. Todo lo que debió hacer Triaca y dejó de lado. La represión brutal y ensalzada. Algo sobre el impacto social de un despido tan masivo.


Por Mario Wainfeld - La mayoría de las personas empleadas en la planta de PepsiCo en Vicente López son mujeres. Es muy frecuente en la industria alimentaria, que suele ser mano de obra intensiva. Todo cambia, siempre hay avances tecnológicos. No obstante, esa rama fabril conserva muchas condiciones laborales del taylorismo: plantas con número grande de personal, líneas de producción, labor monótona y repetitiva, lapsos brevísimos para comer o ir al baño, compromiso corporal que se traduce en daños físicos y enfermedades profesionales.

Más de seiscientas personas fueron echadas por designio patronal.

En 2014 otra multinacional de gran porte, la gráfica Donneley, acudió al subterfugio de pedir su propia quiebra para dejar de producir en la Argentina. La legislación y los tribunales comerciales, diseñados para servir a las empresas, le facilitaron la labor. La lucha de los trabajadores y cierto apoyo estatal coadyuvaron a que se formara una cooperativa de trabajo. La legislatura bonaerense ordenó la expropiación. Tal vez medió un milagro de San Cayetano: la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal no vetó la ley, dejando de lado por una vez su costumbre o vicio de impedir la supervivencia de las empresas recuperadas.

PepsiCo está impedida de manejarse como Donneley porque es tan próspera dentro de la Argentina como en el resto del mundo: tiene otras fábricas en este suelo. No puede partir y dejar un tendal.

Fundó el cierre en causas imprecisas, gánicas: “compleja estructura de costos”, “ubicación en un área residencial”.

En su segunda falacia anunció que todos los laburantes encontrarían conchabo en la planta de Mar del Plata. Hubiera sido un problema y un abuso patronal del llamado “ius variandi”: derecho a cambiar de modo razonable y no lesivo las condiciones de trabajo. Compeler a centenares de familias a mudarse 400 kilómetros, re afincarse, buscar colegio para los hijos, separar a las parejas que laburan hubieran sido alguna de las derivaciones más perjudiciales y evidentes. Las ahorraron al sincerarse y reconocer que cerraban las puertas y despedían. Nadie fue reinstalado en La Feliz.

Se fabuló que Mar del Plata quedaba más cerca de los lugares en los que se cultiva papa, insumo imprescindible para uno de sus tantos productos muy vendidos. Como informó este diario, PepsiCo importa papas desde Chile, en cantidades que crecieron exponencialmente en 2016 y 2017. Incluso hay bolsas que presentan el snack como made in Chile

El sindicato fue concesivo por demás. El ex Secretario General de la CGT y actual del gremio, Rodolfo Daer, consideró un triunfo haber “conseguido” lo que PepsiCo ofertó de movida: una indemnización duplicada para quienes se avinieran.

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Y pegue, Heidi, pegue: Las cifras sobre las transacciones son aproximadas porque se firmaron en distintos estudios contratados por la patronal y no en el ministerio de Trabajo.

Más de cien trabajadores no la aceptaron, se movilizaron, tomaron la fábrica.

PepsiCo sacó de la galera una denuncia por riesgo ambiental, que se habría suscitado como por encanto: de improviso, tras muchos años de actividad ininterrumpida. La jueza Andrea Rodríguez Mentasty le dio cabida al reclamo, el fiscal Gastón Larramendi ordenó un desalojo manu militari.

La Policía Bonaerense protagonizó un operativo bélico, sin intentar mecanismos de negociación. Se produjeron incidentes. Los uniformados reprimieron a los ocupantes, a los cronistas y fotógrafos que cubrían el acontecimiento. Desmantelaron un campamento que había afuera, le pasaron literalmente por encima quienes lo ocupaban pacíficamente (de nuevo, mayormente mujeres), rompieron con saña tenaz instalaciones de la fábrica.

Arrojaron gases y balas de goma, repartieron palos con ecuanimidad: a cualquiera que quedara a su alcance.

Hubo policías, trabajadores y militantes heridos. Los gases pimienta afectaron y aterraron a alumnos de un jardín de infantes y de una escuela primaria cercanos.

La Ministra de Seguridad Patricia Bullrich y su par bonaerense Cristian Ritondo lamentaron solo a los heridos uniformados. Ni por los chicos o las maestras tuvieron compasión. Alegaron que estaban cumpliendo la Ley, un mandato de la Justicia (en su modo verbal, usaron mayúsculas, le juro).

La Sala VI de la Cámara Laboral emitió el único pronunciamiento judicial sensato. Ordenó, como medida cautelar en el juicio “Gómez Leandro y otro c/PepsiCo de Argentina”, la reincorporación de un conjunto de empleados que la habían requerido. El fallo, bien fundado, se basa en que no se cumplió el Procedimiento de Crisis.

El Centro de Información Judicial, que regentea la Corte Suprema de Justicia, fue fiel a su jurisprudencia anti obrera y anti sindical: ni siquiera publicó la sentencia.

Para quien quiera ampliar su información se recomiendan dos notas: la del periodista Fernando Rosso en el portal Anfibia (previa a la represión) y la de la colega Adriana Meyer, en Página 12 de anteayer.

Repasemos hechos y derecho, a modo de racconto.

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Usos y abusos del Derecho: Un principio general establece que la ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos. Otro, correlativo, que ningún derecho es absoluto. Armonizar derechos es una de las obligaciones de las autoridades de los tres poderes del Estado.

El artículo 14 bis de la Constitución reconoce a los trabajadores la “protección contra el despido arbitrario”. Claro que no es absoluta y en muchas relaciones no equivale a la plena estabilidad: puede suplirse por una indemnización. A su vez, tampoco es absoluto el derecho patronal a despedir, pagar y quedar liberado de responsabilidades.

El Procedimiento Preventivo de Crisis es obligatorio en caso de despido de más de 50 trabajadores. La norma dispone que, antes de poner multitudes de patitas en la calle, la empresa “debe explicitar las medidas para superar la crisis o atenuar sus efectos”. Es ley, a la que deberían someterse Bullrich y el ministro de Trabajo Jorge Triaca.

La Cámara Laboral agregó que no existe un imperativo de reincorporar a los trabajadores pero que tampoco está prohibido hacerlo. Añade que “el objetivo primario de las reparaciones en materia de Derechos Humanos debería ser la restitución o rectificación en vez de la compensación”.

El relato M niega, subestima o desdeña el impacto colectivo del cierre de una fuente de trabajo. Se propaga más allá de las personas directamente damnificadas y sus familias. Perjudica también a las comunidades en las que trabajan. Los comercios, el transporte, el vecindario padecerán el desguace y se descapitalizarán. Es un problema social, que interpela al Estado y no un conjunto de conflictos individuales resolubles con un poco de plata.

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El tiempo es oro: El manejo del tiempo oficial y privado explica mucho y ayuda a desentrañar la trama de alianzas. PepsiCo emprende una decisión grave, que daña a miles de ciudadanos. Nada la urge salvo su afán de lucro, no está en peligro inminente. Ni aduce estar al borde de la quiebra o en dificultades financieras.

Todas las agencias estatales son dóciles o funcionales a su afán de celeridad: los ministerios de Trabajo y Seguridad, la policía brava, la jueza y el fiscal.

A los trabajadores, en cambio, los hubiera favorecido que un tratamiento prolongado del conflicto: que se fuera negociando con tiempo. Trabajo cuenta con herramientas funcionales para conseguirlo, se valía de ellas durante los gobiernos kirchneristas. El procedimiento de crisis es uno, otro la conciliación obligatoria que “congela” el entredicho manteniendo vigentes las obligaciones de las partes.

Tentemos una pregunta contra fáctica: ¿qué hubiera pasado si en vez de correr a complacer a PepsiCo Triaca le hubiera dado tiempo a la patronal, el gremio, los delegados, los laburantes? Se trata de un interrogante pseudo socrático, confesamos: presupone su respuesta. Empleadas y empleados hubieran seguido con sus tareas, cobrando sus sueldos. El perjuicio a la empresa sería absorbible y se hubiera atenuado la presión del más fuerte sobre el más débil sin borrarse.

Una lectura sensata, no conspirativa pero tampoco cándida, ayuda a entender que el acuerdo entre la multinacional y los Ejecutivos nacional y bonaerense precedió a la colocación del cartel en el portón de la fábrica. PepsiCo se mandó porque contaba con el aval del gobierno, desde el vamos. Lo demás fue liturgia… y palos.

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La sinceridad de los Chirolitas: PepsiCo abusa de su poder, aprovechando el contexto político favorable. Funcionarios y magistrados fungen como Chirolitas de ese Mister Chapman. Como el querible muñeco, son más francos que el ventrílocuo. No se entretienen en la zaraza de la multinacional sobre costos, dificultades para seguir produciendo en el mismo paraje. Triaca y Heidi Vidal son más sinceros cuando macartean a la izquierda (tanto política como sindical) a la que culpan de la barbarie policial reciente tanto como de la falta de responsabilidad social empresaria de PepsiCo y de otros emprendimientos extranjeros, como Donneley, Lear o Kraft Foods.

Si el Gobierno fuera pacifista agradecería a los diputados y referentes que pusieron el cuerpo el jueves. Su presencia siempre vale, en situaciones extremas. Bien que mal, induce a las fuerzas de seguridad a contener su idiosincrasia violenta…ay, nunca del todo.

En plena barbarie se observó una escena plena de involuntario simbolismo. El diputado del FIT Nicolás del Caño le exigía a un comisario que controlaran su violencia. Este replicó que nadie estaba pegando y lo conminó: “no haga populismo”. Por lo visto, el discurso oficial cala hondo en receptores poco previsibles. No vaya a suponer que la Bonaerense estudia a Ernesto Laclau o a Chantal Mouffe, ni a sus críticos o detractores. Es más que posible que sus cuadros reciban los instructivos propalados desde Jefatura de Gabinete mediante cadenas de e -mails (el Grupo “Qué estamos diciendo”). Un manual de lugares comunes concebido para personas cortas de entendederas a quienes no se comide a razonar sino a repetir como loros.

Otro Chirolita, el fiscal Larramendi, aseguró que más del 80 por ciento de los trabajadores habían llegado a un acuerdo con la empresa. De nuevo: no hay números oficiales, el fiscal se hace vocero de PepsiCo mientras explica (su único acierto) que no es asunto suyo.

El funcionario mostró demasiado amor a la camiseta (amarilla), la transpiró ante micrófonos y cámaras. No consiguió justificar las demasías, ni el apuro en consumarlas. Se enredó en argumentos laborales cuando se suponía que actuaba para proteger al ecosistema. Enhebró un puñado de papelones, agravados por graves dificultades para expresarse en castellano. Bullrich, en cambio, lo hace de corrido aunque con tropiezos para conjugar verbos, anche los regulares.

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Apuestas macristas: Los medios dominantes redondearon la narrativa M. Camuflaron o negaron a la barbarie policial.

Lo sucedido muestra a la coalición gobernante en estado puro: empresas multinacionales flexibilizando, librándose de trabajadores o delegados combativos. Los estados provincial, nacional y municipal a su servicio, los medios como arietes, una juez y un fiscal inescrupulosos e irresponsables cerrando el círculo. La violencia económica y policial, como recursos.

El presidente Mauricio Macri y Vidal, en persona, tele comandaron la represión. La jugada preanuncia el avance de la contrarreforma laboral y es también una táctica de campaña, que el oficialismo presupone exitosa. Interpreta que (y apuesta a) un debilitamiento de la solidaridad entre trabajadores. “La gente” ya no solo despreciaría a los “planeros” o piqueteros, también a laburantes despedidos. Cedería la conciencia de clase o la racional empatía con quien atraviesa un trance que “me podría tocar a mí”.

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Del derecho a la espera: Un hilo conductor enlaza los hechos centrales de esta columna con las supresiones abruptas y sin preaviso de las pensiones no contributivas o por viudez o el Progresar. Quienes contaban con ese beneficio eran titulares de derechos, reconocidos por el Estado.

Cuando se los despoja de un saque, aunque se retracte parcialmente, se los coloca en otra posición. Deben esperar que la santurrona ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, acoja sus reclamos, conceda. Ya no ejercen un derecho, esperan una suerte de favor. Nota al margen: por ahora Stanley está deshonrando en alta dosis sus promesas.

El ritmo y los hechos consumados impuestos por PepsiCo con la complicidad del Gobierno debilitaron la capacidad de respuesta de muchos trabajadores. La empresa actuó en caliente: llamó a cada empleado o empleada o habló con personas de su familia, para convencerlos de que les convenía arreglar. Tómelo o déjelo, en plazo perentorio.

Dejemos abierta una pregunta sobre el futuro de lxs trabajadorxs indemnizadxs, a quienes algunos gamberros describen como privilegiadxs. ¿Qué podrán hacer para reinsertarse en un mercado laboral deprimido y en muchos casos, en condiciones físicas que les dificultarían pasar un examen pre ocupacional?

Es una cuestión ajena a la agenda y la ideología del macrismo pero que será crucial en sus vidas.

mwainfeld@pagina12.com.ar

Ver también:  Brasil, decime qué se siente


Shylock y su libra de carne


shylock y su libra de carneShylock es un personaje central en la obra de Shakespeare "El mercader de Venecia", algo así como el retrato despiadado de un usurero. La expresión "libra de carne" se ha incorporado también al léxico como expresión vulgar para indicar una venganza particularmente brutal. El juez Sergio Moro,  la cadena O Globo,  el PMDB, el PSDB y los EUA detrás, quieren destruir la economía del Brasil y reconquistar su hegemonía en Sudamérica. N de la Ed-


Por Mar Marín - Río de Janeiro, 12 julio (EFE).- “Prueben que soy corrupto e iré caminando a la cárcel”. Así defendía Luiz Inácio Lula da Silva su inocencia cuando ya estaba cercado por la Justicia y la caída del “hijo de Brasil”, como quedó bautizado en una película sobre su vida, era imparable.

Lula encarnó hasta hoy, cuando a su historia se agrega una condena en primera instancia a 9 años y medio de prisión por corrupción pasiva y lavado de dinero que aún puede ser revertida, el sueño de millones de brasileños.

Logró salir de la miseria, estudiar, liderar un sindicato y alcanzar la Presidencia.

Durante todo este tiempo, ha defendido su inocencia y ha denunciado incluso un pacto “casi diabólico” de jueces, policías, fiscales y prensa. Foto: EFE/Archivo

Una historia de novela con un triste final para un hombre que durante décadas enarboló la bandera de los trabajadores y la igualdad social, y convenció al mundo del éxito de su “revolución” pacífica.

Nacido en 1945 en el estado de Pernambuco, en el empobrecido noreste, Lula emigró con su madre y sus siete hermanos a los alrededores de Sao Paulo siguiendo los pasos de su padre, un campesino analfabeto y alcohólico que tuvo 22 hijos con dos mujeres, Lindú, la madre del expresidente, y su prima.

Conoció a su padre cuando tenía 5 años, vendió naranjas y tapioca en las calles, a los 15 empezó a trabajar como tornero y poco después se acercó al movimiento obrero y llegó a presidir el poderoso sindicato metalúrgico.

A comienzos de los años 80, en los estertores de la última dictadura militar brasileña, participó en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT) con políticos e intelectuales de izquierda.

En 1986 se convirtió en el diputado más votado del país y comenzó a acariciar el sueño presidencial, aunque le costó cuatro intentos: 1990, 1994, 1998 y 2002, cuando finalmente lo logró, pero no con la imagen de barbudo sindicalista que le había hecho popular, sino con un estilo más diplomático y depurado y una estrategia de marketing político -“Lula, paz y amor”- que poco tenía que ver con la lucha obrera.

“Ayer, Brasil votó para cambiar. El brasileño votó sin miedo de ser feliz y la esperanza venció al miedo”, dijo en su primer discurso como presidente electo.

“Si al final de mi mandato cada brasileño puede comer tres veces al día, habré cumplido la misión de mi vida”, prometió.

Su experiencia como militante y su condición de “animal político” le permitieron esquivar los casos de corrupción de su primer mandato, como el Mensalao, que se llevó por delante a parte de la cúpula del PT.

“Nadie tiene más autoridad moral y ética que yo para transformar la lucha contra la corrupción en bandera, en una práctica cotidiana”, afirmó en 2005, en medio del escándalo provocado por el pago de sobornos a parlamentarios.

Entonces, con un PT golpeado, Lula no tuvo empacho en mirar hacia el centro y la derecha, sus antiguos adversarios políticos, en busca de apoyos para renovar su mandato, en 2006.

“Vamos a hacer lo que tiene que hacerse. ¿Saben por qué? Porque cualquier otro podría errar. Yo no puedo”, solía repetir.

Se mantuvo en el poder durante ocho años en los que logró sacar de la pobreza a 28 millones de personas y convenció a propios y extraños del milagro brasileño y de que, por fin, el gigante suramericano había conseguido dejar atrás la sentencia de que “Brasil tiene un gran pasado por delante”, para convertirse en el país del presente y el futuro.

Dejó el Gobierno con 87 por ciento de popularidad, transformado en el político más valorado de Brasil -un récord difícil de superar por cualquier mandatario del mundo- y se dio el lujo de elegir a su sucesora, su ahijada política Dilma Rousseff, prácticamente desconocida para buena parte del electorado, y llevarla a la Presidencia.

Se convirtió en un personaje de película con “Lula, el hijo de Brasil”, estrenada en 2009 y que figura entre las más caras de la historia del cine nacional.

Como expresidente, logró mantener su popularidad intacta en los primeros años, hasta que la crisis y el desgaste hicieron mella en Rousseff y empezaron a multiplicarse los escándalos de corrupción que salpicaban a todos los partidos políticos, especialmente al PT por su condición de gobernante.

El “Lava Jato”, la investigación de la monumental trama de desvíos de Petrobras, golpeó al Gobierno de Rousseff, al PT y alcanzó a Lula.

La imagen del ex Presidente sacado por la fuerza de su casa por la Policía y conducido a declarar a una comisaría, en marzo de 2016, sacudió al país.

Con la crisis como telón de fondo, los viejos aliados del PT se volvieron en su contra y el aislamiento político de Rousseff allanó el camino para un proceso que terminó con su destitución el 31 de agosto.

Poco antes, Lula quiso entrar en un gobierno que tenía los días contados, en una maniobra que frenó la Justicia y fue interpretada como un intento de conseguir inmunidad frente a las acusaciones en su contra.

Durante todo este tiempo, ha defendido su inocencia y ha denunciado incluso un pacto “casi diabólico” de jueces, policías, fiscales y prensa para evitar que pueda volver a competir por la Presidencia.

“Hablo como ciudadano indignado. Tengo una historia pública conocida. Solo me gana en Brasil Jesucristo”, llegó a decir.

Pocos podían imaginar que el “hijo de Brasil”, a quien Time le dedicó una portada como el líder más influyente del mundo y diarios como Le Monde o El País nombraron “Hombre del año”, tendría este triste final político. Al menos por ahora.

Ver También:

La condena es parte de la Contrarreforma

La condena de Lula es un escarnio

GOLPE A GOLPE – Página/12 en Brasil

 

golpismo y reforma laboralEl PODER JUDICIAL (Sergio Moro), el PODER MEDIÁTICO (O Globo), la CLASE POLÍTICA (PMDB y PSDB) y los EUA detrás, quieren destruir la economía del Brasil y reconquistar su hegemonía en Sudamérica-

Hubo coincidencias en unir la condena al ex presidente con la leonina reforma laboral aprobada por el Senado brasileño el día anterior. Lo consideraron parte del mismo proyecto de la derecha neoliberal.

La dirigencia opositora argentina, especialmente el kirchnerismo que mantiene desde sus épocas de gobierno una estrecha relación con el PT y con Luiz Inácio Lula da Silva, salió ayer en respaldo del ex presidente luego de la sentencia del juez Sergio Moro. Hubo coincidencia en relacionar la aprobación de una reforma laboral leonina por parte del senado brasileño y la condena a Lula al otro día como muestra del proyecto que busca llevar adelante el gobierno de Michel Temer.

Entre los rechazos políticos también resaltó el del titular de la Serpaj y premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. “Nuestro repudio a la condena de Lula. Brasil sufrió un golpe parlamentario y ahora sufre un golpe electoral de parte del partido judicial. Avanza el estado de excepción en Brasil, el golpismo está arrebatando derechos laborales y políticos. El pueblo no se quedará sin Lula”, afirmó Pérez Esquivel.

“La condena a Lula tiene por objetivo impedir que sea reelegido como Presidente porque la derecha junto a los grupos concentrados de poder pretenden seguir avasallando los derechos conquistados por los trabajadores durante su gobierno”, sostuvo el ex canciller, diputado del Parlasur y compañero de fórmula de Cristina Kirchner para el Senado, Jorge Taiana. “Ayer fue la aprobación de la flexibilización laboral, hoy la condena a Lula y hace un año el golpe a Dilma. Todas acciones dirigidas a disciplinar al pueblo y favorecer al capital financiero y los grandes grupos económicos”, concluyó.

Su compañero de bloque en el Parlasur y candidato a diputado de Unidad Porteña Daniel Filmus coincidió que “el intento de proscripción a Lula, junto con la ilegítima destitución de Dilma, son necesarios para implementar las políticas de cercenamiento de derechos del pueblo que intentan implementar quienes quieren aplicar políticas de ajuste y hambre para el Brasil”. Filmus añadió que “el congelamiento del presupuesto en educación y salud por 20 años, la suba de la edad jubilatoria, la reforma laboral que deja sin trabajo a millones de ciudadanos, son algunas de las medidas que quienes gobiernan sólo para los ricos pretenden imponer en toda la región”.

El vicepresidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, Guillermo Carmona, afirmó que la coincidencia de la aprobación de la reforma laboral con la condena contra Lula “es la mejor síntesis del proyecto neoliberal que está en marcha en Brasil”. “Es una arremetida contra el pueblo de Brasil, contra los derechos de los trabajadores. Es interesante la simetría entre el proyecto político y económico de Michel Temer y Mauricio Macri. Hay profundidades y ritmos distintos, pero el proyecto es el mismo. Y ese proyecto cierra con la proscripción de los líderes populares, concluyó Carmona.

Con la firma de su secretario general y candidato a diputado de Unidad Ciudadana, Hugo Yasky, la CTA de los Trabajadores emitió un comunicado en el que expresó: “La condena de un juez brasileño –sin demostrar una sola prueba que la justifique– contra quien fue el primer presidente obrero en nuestra Patria Grande, es la forma más vergonzosa que ha elegido el revanchismo de las clases dominantes de todo el continente para impedir que Lula vuelva a ser presidente de su país”. Agregó que “este fallo brutal se produce justo cuando el senado brasileño aprueba la reforma laboral impuesta por Temer. La CTA repudia tanto la condena al compañero Lula como la reforma laboral, pues una y otra medida han sido forjadas en las calderas de odio de clase del gran capital”. Por otro lado, en una entrevista radial, Yasky aseguró que “no tengo dudas que lo que le han hecho a Lula hay muchos que sueñan con hacer lo mismo con Cristina Kirchner”.

Ver: La condena es parte de la Contrarreforma

La condena de Lula es un escarnio

GOLPE A GOLPE - Página/12 en Brasil

 









Con su sentencia contra Luiz Inácio Lula da Silva, Moro contestó el dilema que se planteaban los dirigentes del Partido de los Trabajadores en los últimos meses. Unos decían: “Si Lula sigue creciendo en popularidad será cada vez más difícil que un juez lo condene, más aun cuando no hay pruebas suficientes contra él”. Otros reponían: “Incluso sin otras pruebas que simples palabras Moro lo condenará justamente porque Lula viene creciendo en las encuestas. Si el juez no falla contra él, ¿qué sentido habrá tenido el golpe contra Dilma Rousseff dado por el establishment brasileño?”. El segundo planteo demostró ser el más aproximado a la realidad.

Tras un año de oscuridad frente a los sectores populares la figura de Lula recuperó buena parte de su imagen positiva. La última encuesta fue difundida el 26 de junio por Datafolha, que pertenece a un grupo empresario antipetista con cabeza en el diario Folha de Sao Paulo. Si las elecciones fuesen ahora Lula ganaría la primera vuelta con el 30 por ciento frente al 16 por ciento del ultraderechista Jair Bolsonaro y el 15 por ciento de Marina Silva, la carta de Jaime Durán Barba para Brasil. Si Lula no fuera candidato, Marina vencería a Bolsonaro.

Según el mismo sondeo, Lula le ganaría en segunda vuelta a Geraldo Alckmin, del conservador Partido de la Socialdemocracia Brasileña, a Joao Doria del mismo partido (el millonario que hoy está al frente de la intendencia de San Pablo), y a Bolsonaro. En cambio empataría con Marina Silva en un 40 por ciento.

El sistema de ballottage en Brasil es el clásico. Hay segunda vuelta salvo que en el primer turno el candidato obtenga el 50 por ciento de los sufragios más un voto. Lula dos veces y Dilma otras dos ganaron en las dos vueltas en 2002, 2006, 2010 y 2014.

Obviamente esta medición no tomó en cuenta la condena de Lula a manos de Moro. Si Lula no ve menguadas las intenciones de voto, la expectativa del PT sobre los camaristas de Porto Alegre tiene en cuenta tres escenarios y se esperanzan con un antecedente. El peor escenario es que confirmen la sentencia de Moro antes de octubre de 2018 e invaliden de ese modo los derechos políticos de Lula. El segundo escenario es que no se pronuncien y dejen a Lula bajo sospecha pero con derechos políticos. El mejor escenario es que den vuelta el fallo de primera instancia. La esperanza del PT tiene un antecedente con nombre y apellido: Joao Vaccari. Se trata del tesorero del partido que fue absuelto por este mismo tribunal federal con sede en Porto Alegre que debe resolver la suerte cívica de Lula. El defensor Luis Flavio Borges en la causa abierta contra Vaccari  –fue acusado por supuesta participación en el esquema de coimas de Petrobrás– felicitó a los camaristas porque “la acusación y la sentencia se habían basado solo en la palabra de un delator”. Moro había condenado a Vaccari a 15 años de prisión.

La condena de Moro contra Lula se produce justo al día siguiente de que el Senado dio la media sanción que faltaba a una ley de reforma laboral que liquida el poder de negociación de los sindicatos, destruye los convenios colectivos, inventa una figura de empleo intermitente y, a contramano del mundo, sube la cantidad de horas de trabajo. El presidente de facto Michel Temer impulsó la ley regresiva a pesar de que tiene solo el 7 por ciento de popularidad y está acusado por coimas. Nadie apostaría ni una caipirinha por su continuidad en el cargo. Si cayera, de todos modos, sería reemplazado por un político designado por los dos tercios del Congreso hasta completar el período, que se cumple el 31 de diciembre de 2018.

Con o sin Temer, el ataque contra la protección laboral y la sentencia contra Lula son parte del mismo golpe: impedir que el PT renazca, ya que hoy solo cuenta con el ex presidente como candidato viable, y consolidar en el tiempo lo que el ex asesor de Lula y Dilma llama “la Contrarreforma”. O sea la vuelta de Brasil a los tiempos de la esclavocracia.

martin.granovsky@gmail.com

Ver: La condena de Lula es un escarnio











Sin pruebas, cumplen un camino pautado por sectores de las grandes empresas. Hace años, Lula, el presidente de la República más popular en la historia del país y uno de los más importantes estadistas del mundo en el siglo 21, viene sufriendo una persecución sin cuartel.

Hoy, con indignación asistimos a la aprobación por el Senado del fin del Contrato de Trabajo. Una monumental pérdida para los trabajadores brasileños

Ahora, asistimos a esa ignominia que está siendo ejercida contra el ex presidente Lula con el objetivo de coartar sus derechos políticos.

El país no puede aceptar más este paso en dirección de un estado de excepción. Las garras de los golpistas intentan rasgar la historia de un héroe del pueblo brasileño. No lo conseguirán.

Lula es inocente. El pueblo brasileño sabrá democráticamente demostrarlo en 2018.

Resistiremos.

* Ex presidenta de Brasil.


Ver: A 14 meses de la elección el juez Moro condenó a Lula

Los tiempos de Cristina


los tiempos de Cristinapor Ezequiel Beer -En carrera por la senaduría de la provincia de Buenos Aires la candidata Cristina Fernández de Kirchner traza todas las ya conocidas consecuencias de los ajustes neoliberales sobre la población cuyas advertencias habían sido signadas durante la campaña presidencial de 2015.

Efectos particulares en provincias de matriz industrial y cordones de población con ingresos irregulares para este caso pero también para la mediterránea Córdoba o la litoral Santa Fe donde la desindustrialización y el desempleo son moneda corriente lo que agudiza el conflicto social y se torna necesario voces legitimadas para denunciar dicho proceso.

Haber sido la portavoz gubernamental de la re industrialización argentina y de la recuperación del poder adquisitivo en términos generales no es solo un llamado de atención sino la memoria histórica de un país donde dichas políticas pudieron llevarse adelante.

El sentimiento casi patriótico en este sentido no puede ser borrado fácilmente por la gesta gubernamental macrista que hasta la fecha no ha dado ninguna respuesta ni económica ni política para sopesar en la población las mismas acciones que dé el emanan.

A casi mas de 18 meses de gestión se han enfatizado la desintegración de las cadenas productivas el desempleo como moneda corriente las altas tasas de inflación en paralelo a selectos sectores favorecidos por las políticas de concentración económica y liberalización comercial.

Pero la respuesta ha sido la devaluación y la deflación es decir crecimiento casi 0 con inflación donde el gobierno no tiene ningún as en la manga para comprobar su efectividad ni siquiera con los controvertidos procesos de la justicia en lo que respecta a la gestión y a los patrimonios de las anteriores gestores del Estado.

En que se funda aun el apoyo mediano al gobierno radica en una fuerte dispositivo mediatico y analítico por parte de la prensa corporativa y ciertos prejucios históricos con respecto a las clases populares y sus gobiernos.

Pero no se puede ensombrecer el sol con una sola mano y la agudización del ajuste y sus efectos puede dar lugar a una reflexión introspectiva sobre la responsabilidad de los votantes sobre una fabulosa propaganda pre electoral que ilumino hacia un país lleno de esperanzas amarillas que en efecto no se materializo.

En esa línea trabaja Cristina puede debemos sumar a amplias franjas de la población que se están cayendo del umbral de la pobreza al re vertir el argumento de que su situación es producto de la gestión anterior.

Los propios como se dice están convencidos y atrincherados para dar la batalla necesaria para que las urnas hablen por si mismas y desde el Congreso se pueda detener un gobierno que solo gobierna como se dice para los ricos.

Los sondeos previos son favorables a un amplio triunfo por parte de la ex presidenta la que desde el terruño bonaerense la convertirá en la indiscutida líder del movimiento y puede ser el paso previo para considerar una candidatura presidencial al 2019.

Para ello y no será una tarea fácil se deberá recrear el tejido político al interior del resto de las provincias donde gran parte de las actuales gestiones se hayan soslayadas ante la necesidad de ser provistas de fondos por parte del Estado Nacional a lo que se suma ciertos apetitos vocacionales de consolidar un posible post kirchnerismo sin kirchnerismo pero así mismo sus gestiones tienen un cadiz cuasi neo liberal que las distan de los tradicionales postulados peronistas.

Las materias pendientes son la reversión del ciclo de acumulación, la expansión productiva de abastecimiento del mercado interno y externo, la necesidad de generar un sistema de crédito capaz de proveer inversión a la actividad productiva y de servicios y de establecer pisos mínimos de ingreso con capacidad de recuperar el poder adquisitivo de las clases bajas y medias cuyo ingreso radica en el consumo de bienes básicos que hace mover la rueda económica.

Algo de la cual la gesta kirchnerista tiene una amplia experiencia luego de las funestas décadas pasadas en la Argentina.

No obstante, es necesario consolidar una masa política que exceda a nuestros actuales marcos re convirtiendo el voto esquivo hacia el voto útil lo que implica deshacer discursivamente al pan peronismo o esperar a que los resultados de los sufragantes den lugar a establecer nexos políticos capaces de agrandar el margen.

La política es el arte de lo posible y si de algo sabe el peronismo es de política.

 

Ezequiel Beer- Geógrafo UBA- Analista Político.

Lo peor está por venir


lo peor está por venirPor Marcelo Figueras - En el principio, las distopías –del griego, literalmente un mal lugar– fueron literarias. Se usaba la imaginación para conjurar lo peor: ¿qué pasaría si el experimento humano enloquecía y escapaba del control de la razón? Jonathan Swift, Samuel Butler y Voltaire fueron de los primeros en dar forma a estas pesadillas, con un tono más bien satírico. (En un gesto profético de esos caros al género, el protagonista de Candide arriba en el siglo XVIII a Buenos Aires –que ya sonaba distópica al oído europeo–, para ser perseguido por razones políticas.) En el siglo XX, su tono viró a la oscuridad con que solemos asociarlo. Ya en sus albores se intuía la catástrofe que derivaría de la cruza entre el desarrollo tecnológico y la compulsión a la violencia de nuestra especie. En The Shape of Things to Come (1933), H. G. Wells avizoró bombardeos aéreos sobre poblaciones indefensas. Ya en The Sleeper Wakes (1910) había concebido un año 2100 donde la población era explotada por una clase dirigente vana e indigna de su poder.

Los exponentes clásicos del género proyectaron la pesadilla sobre el futuro. Tanto 1984 de George Orwell (que data de 1949) como Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932), donde un personaje elige ser exiliado a las islas Malvinas (¡las distopías siguen prefiriéndonos!), sugieren que lo peor está por venir. De ambos experimentos, envejeció mejor el de Huxley, porque intuyó que el peligro más grande no vendría por el lado de las dictaduras totales sino de la explotación del “apetito casi infinito que el hombre siente por las distracciones”.

La mayor parte de las distopías siguieron esa huella. En Fahrenheit 451 (1953), Bradbury conjetura un futuro próximo donde los temores de Orwell se han hecho realidad: dado que los libros estimularían el pensamiento independiente, se los prohibe y se los quema. En 1962, La naranja mecánica de Anthony Burgess pintaba una Inglaterra en la cual habría cuestiones de Estado más importantes que el libre albedrío. En Hagan sitio! Hagan sitio! (1963), Harry Harrison asumió que la New York de 1999 sería inhabitable por culpa de la superpoblación.

Pero a medida que el cine mejoró tecnológicamente y el comic empezó a tomarse libertades, las distopías pegaron un salto cualitativo. Por una parte, se volvieron populares, ubícuas. Mientras la literatura seguía reflexionando sobre las potenciales consecuencias de nuestros actos, a través de novelas como Rascacielos de J. G. Ballard (1975), El cuento de la criada (1983) de Margaret Atwood Hijos del hombre (1992) de P. D. James, el cine transformó nuestro negro futuro en un espectáculo, el telón de fondo de una peripecia atractiva.

En Mad Max (1979), de George Miller, la tierra baldía en que deviene el planeta después de una crisis energética importa menos que la odisea personal de su protagonista, el ex policía Max Rockatansky (Mel Gibson). En Escape de Nueva York (1981), de John Carpenter, el hecho de que la desintegración de los Estados Unidos haya convertido la isla de Manhattan en una prisión es lo de menos: lo central son las aventuras del carismático Snake Plissken (Kurt Russell), lanzado al rescate del presidente de los Estados Unidos. Y en Terminator (1984), de James Cameron, la distopía de un futuro regido por inteligencias artificiales retrocedía en el tiempo para arrancarle al presente una memorable película de acción.

Por supuesto, también había films que subrayaban el riesgo de perseverar en el horror que podía esperarnos, de encadenarse tres o cuatro decisiones desafortunadas. (Uno de los grandes cultores de la distopía, Kurt Vonnegut, escribió en Buena puntería: “Esa es mi principal objeción a la vida: cometer errores perfectamente horribles es demasiado fácil”.) Desde la adaptación que Kubrick hizo de La naranja mecánica (1971), pasando por La última ola de Peter Weir (1977) y llegando al Brazil de Terry Gilliam (1985) –que hibridaba al Kafka de El proceso con la prosapia de los Monty Python–, el cine no escatimó escalofríos a la hora de aventarnos al peor de los futuros posibles.

Pero a la naturalización de estas pesadillas (de la cual forma parte el movimiento cyberpunk, a la vez repugnado y fascinado por las nuevas tecnologías) se le agregó otra característica, liderada por autores del comic. A partir de los años ‘80, empezó a haber una distancia cada vez menor entre el futuro distópico y el presente. Así como el reloj virtual llamado Doomsday Clock calcula cuánto tiempo podría separarnos de un holocausto nuclear (desde que Trump preside Nueva Roma, estaríamos a dos minutos y medio de la medianoche de nuestra especie), las más recientes ficciones del género ubican la distopía a un tranco de este presente... o incluso, plantean que nuestro presente es ya una distopía.

A comienzos de los ‘80, Alan Moore escribió V de Vendetta. La historia ilustrada por David Lloyd estaba ambientada en un futuro cercano, pero ninguno de sus autores hizo esfuerzo alguno por disimular cuánto se parecía ese porvenir a la Inglaterra de Thatcher que padecían a diario. Casi en simultáneo, Katsushiro Otomo creó Akira, poniéndole a la Tercera Guerra Mundial la fecha de su propio presente: una explosión borra Tokyo el 6 de diciembre de 1982 y lo que Akira narra es algo que ocurre en 2019, o sea mañana. (2019 es también la fecha en que ocurre Blade Runner, la maravillosa película de Ridley Scott. A modo de homenaje, hace algunos años situé mi propia contribución al género distópico, El rey de los espinos, en una Argentina de 2019 que ya es indistinguible de este 2017.).

Pero el hito fue Matrix (1999), que cerró el siglo de los futuros negros para servir la distopía en nuestra mesa de hoy. Según el film de los hermanos Wachowski, que tanto debe a pioneros del comic (el concepto general tiene mucho que ver con The Invisibles de Grant Morrison; John Gaeta, que diseñó los efectos especiales, es fan de Akira), vivimos en una distopía sin saberlo. Nuestro presente sería una simulación virtual –una versión high tech de la caverna platónica–, que confundimos con la realidad y consumimos sin cuestionarla ni cuestionarnos. El objetivo de esa simulación que reemplaza a la experiencia real sería el de evitar que nuestra psiquis colapse, mientras el sistema se alimenta de nuestra energía. Porque esa es toda la utilidad que tendríamos, en el futuro que ya estarían manejando las inteligencias artificiales: servir como pilas AA mientras vivimos, para ser reciclados a nuestra muerte y fungir de alimento para otras AA, al mejor estilo del film Soylent Green / Cuando el futuro nos alcance. (¡Que era, a su vez, una adaptación de la novela Hagan sitio! Hagan sitio! de Harry Harrison!)

Lo que Matrix sugería y todos asumimos con un rictus de resignación fue que lo que nos había alcanzado no era el futuro, sino la distopía. Se volvió el género de nuestro naciente siglo por antonomasia, aquel que mejor lo definía. Tanto es así, que una vez superada la fiebre de Harry Potter, los adolescentes de Occidente adoptaron la distopía como su fantasía favorita a la hora de perder la inocencia. Se acabó la magia: la tendencia predominante en materia de literatura YA –Young Adult– que viene de las capitales de Occidente, está encarnada desde hace años por pesadillas distópicas como Los juegos del hambre (Suzanne Collins) y sagas como Divergente y Maze Runner. Los más jóvenes dan por sentado ya que, más temprano que tarde, el nuestro se transformará en un mundo–Saturno consagrado a devorarse a sus propios hijos.

Los adultos, por su parte, probaron suerte con la literatura postapocalíptica. El fin del mundo tal como lo conocemos ya no se discute, lo único en duda es la fecha exacta en que se lo detonará. Lo único que tendría sentido discutir o imaginar desde la literatura sería, según libros como La carretera de Cormac McCarthy (2006), si entre los pocos sobrevivientes quedará algo que aún pueda ser descripto como humanidad. Desde su costado más pulp, eso es también lo que se preguntan las fantasías que nos imaginan rodeados por zombies, tanto en el cine como en el comic y la televisión.

En el inminente relato ilustrado Escenas de El Delito Americano, el Indio Solari imagina que ciertos notables de la batalla cultural de los ‘70 –entre ellos Tariq Ali, Jerry Rubin y Abbie Hoffman– viajan a reponerse de sus heridas psíquicas en una clínica de nuestra costa atlántica. (¿Quién le discutirá la decisión de fechar nuestra distopía nacional en aquella época?) A partir de entonces todo es distopía, tanto en la fantasía de Solari como en los titulares de los diarios. Porque es innegable: vivimos una realidad que no puede sino haber salido de la pluma de un distopista. ¿Payasos presidentes? ¿Camiones asesinos? ¿Democracias en las cuales las mayorías deciden no votar? ¿Temperaturas que crecen, hielos eternos que se hacen agua? Y el dato más increíble: ¿siete mil millones de seres humanos que no ponen límite a la avaricia de miles, los dueños de una riqueza que ni siquiera tienen tiempo de gastar porque siguen facturando compulsivamente, aunque eso los conduzca –y nos conduzca– a la ruina como especie?

La distopía llegó, hace rato.

El trabajador neoliberal


el trabajador neoliberalPor Claudio Scaletta - Tras el triunfo de la coalición Cambiemos surgieron dos preguntas que se volvieron típicas al interior del debate político progresista, por llamarlo de alguna manera. La primera es cómo pudo ser que amplios sectores del empresariado vinculados al mercado interno apoyaran programas económicos que redundarían en contracción de la actividad. La segunda, más inquietante, es cómo pudo ser que una porción extendida de los trabajadores apoyara programas que aumentan la desigualdad social.

La primera pregunta es la más fácil de responder porque da cuenta de un fenómeno más antiguo. Las herramientas teóricas para la respuesta están todas incluidas en el texto de Michal Kalecki de 1943 “Aspectos políticos del pleno empleo”. La segunda, en cambio, remite a transformaciones estructurales más recientes. Desde las ciencias sociales se ensayaron algunas ideas en torno al concepto del “trabajador meritocrático”. Al respecto puede consultarse el editorial de José Natanson en Le Monde Diplomatique N°217, “Cuando la desigualdad es una elección popular” o el artículo “El moyanismo social”, de Martín Rodríguez, en el N°216 de la misma publicación. Sin embargo, restaba un enfoque desde la economía política, trabajo que realizaron los economistas Eduardo Crespo y Javier Ghibaudi en “El proceso neoliberal de larga duración y los gobiernos progresistas en América Latina”, publicado esta semana en el documento de trabajo de Flacso “El neoliberalismo tardío”. El aporte diferencial de la economía política es que brinda el sustrato material para entender el cambio en el comportamiento de clase que se pretende explicar. En concreto, para el caso en cuestión, explica la “heterogeneización” de estas clases como resultado de las transformaciones del capitalismo en las últimas décadas, entre las que destacan la tercerización y el offshoring. Lo que sigue es una muy acotada síntesis sobre Crespo y Ghibaudi.

Cuando en 1848 K. Marx escribía en el Manifiesto que la burguesía produciría sus propios sepultureros se adelantaba a la existencia de una forma de organización del capital, la concentrada y centralizada. Por eso creía que la única clase realmente revolucionaria era la que ese capital generaba, el proletariado, que entraba en contacto entre sí en el ámbito laboral. Por el contario, consideraba que el resto de las clases desaparecerían con el desarrollo de la gran industria. Esta predicción, asumida también por las ciencias sociales, se volvió preponderante en el capitalismo global al menos hasta muy avanzada la segunda posguerra; con grandes firmas concentradas y centralizadas y sindicatos potentes.

Sin embargo, a partir de los años ‘60 las economías capitalistas centrales comenzaron a organizarse en sentido opuesto. Las grandes empresas tendieron a fragmentarse a través de procesos de tercerización: “Numerosas actividades antes encuadradas en la administración de una misma compañía, como transporte de mercaderías, seguridad de establecimientos, contabilidad, marketing, publicidad, asesoría jurídica, sistemas de software, limpieza, investigación y desarrollo y un sinnúmero de partes y componentes, en la actualidad, son suministradas por sociedades y contratistas, multiplicando el número de firmas y ‘emprendedores’ formalmente autónomos. El sistema sigue operando en base a grandes escalas pero con mayor flexibilidad, capacidad de adaptación y fundamentalmente menores costos y riesgos”.

Otra consecuencia fundamental que acompañó a la desintegración vertical fue la re-territorialización parcial de las actividades productivas, el offshoring que dio lugar a la formación de cadenas globales de valor, donde la totalidad o la mayor parte de un determinado proceso productivo ya no se encuentra bajo jurisdicción de un territorio nacional o controlado directamente por una única compañía, un desafío para las políticas industriales nacionales.

Uno de los efectos del offshoring fue la concentración del ingreso. Luego de reducirse aceleradamente hasta los ‘70, la desigualdad regresó en el presente a los niveles anteriores a la Segunda Guerra Mundial. “Las grandes compañías se deshicieron de las actividades más simples para concentrarse en las operaciones más sofisticadas, con mayores barreras a la entrada y consecuentemente con mayores ingresos”. Sólo en casos contados la deslocalización productiva se tradujo en una difusión internacional más igualitaria de capacidades e ingresos, su resultado fue mayormente la tercerización hacia otros territorios de actividades de maquila a cambio de salarios y condiciones laborales miserables.

El efecto de este conjunto de transformaciones en la estructura productiva fue la segmentación del mundo del trabajo. Los trabajadores dejaron de estar sujetos a un comando jerárquico, y se transformaron, por ejemplo, en pequeños empresarios independientes, o en vendedores de servicios a empresas también independientes. Esta creciente separación formal de los trabajadores “tiende a romper los viejos lazos de solidaridad de clase. El nuevo trabajador suele operar en grupos pequeños o incluso aisladamente”. Los cambios en el entorno alteraron su visión del mundo. El progreso dejó de ser social para convertirse en individual. El Estado, mayormente percibido como corrupto, pasó a ser quien lo obliga a pagar impuestos a cambio de servicios públicos deteriorados. Las huelgas y movilizaciones se transformaron en interferencias de tránsito.

A este trabajador le parece lógico que su éxito o fracaso sea individual. Su credo son las virtudes del “emprendedorismo” y el mito del empresario self-made man. “La sociedad para este nuevo sujeto se resume en su familia y allegados próximos. Es el individuo solitario que se identifica a sí mismo como ‘clase media’ y se siente ajeno a cualquier actor de naturaleza colectiva. La utopía liberal consumada en cada trabajador. Este nuevo sujeto es neoliberal incluso antes de interpretar la política o enfrentarse al mensaje de los medios masivos de comunicación. En la práctica, cree no deberle nada al Estado ni a nadie. Imagina que su sustento solo emana de su esfuerzo personal. La acción colectiva se le antoja arbitraria y sujeta a reglas donde imperan la inoperancia y el ocio. La asistencia social le parece injusta. Si él se esfuerza para obtener lo suyo, lo mismo debería esperarse de los otros. Su ideología refleja su rutina cotidiana”.

La canalla mediática y la violencia


la canalla mediática y la violenciapor Atilio Borón - ¿Qué son estas imágenes? ¿Denuncian la feroz represión del “tirano” Maduro? No. Es la que se ejerce en el Chile democrático –aquella tan publicitada “feliz copia” del Pacto de la Moncloa– contra manifestantes pacíficos que no levantan barricadas o guarimbas, no queman vivas a personas rociándolas con gasolina y prendiéndoles fuego, no arrojan bombas incendiarias contra jardines infantiles y hospitales, no destruyen autobuses por centenares, no saquean comercios ni depósitos de alimentos ni fabrican obuses caseros para atacar a las fuerzas del orden, ni disponen de francotiradores para escarmentar a quien intente atravesar la guarimba u oponerse a sus tropelías.


En cambio, son gentes que salen a la calle a protestar, sin ningún tipo de armamento; en muchos casos niños mapuche y en otros estudiantes y mujeres reprimidos –con la brutalidad que demuestran las imágenes que acompañan esta nota– por los Carabineros que, a diferencia de la Policía Nacional Bolivariana, no tienen prohibición para llevar armas de fuego. Son imágenes estremecedoras que hablan de los límites a que llega la violencia represiva en un país cuyo gobierno se permite dar lecciones de democracia y derechos humanos a Caracas.

Con perversión, la canalla mediática oculta esta realidad y pone el grito en el cielo y vomita una catarata de insultos cuando el autor de estas líneas le dice al gobierno del presidente Nicolás Maduro que debe intervenir con todo el rigor de la ley para evitar la metástasis de la violencia. Esta es concienzudamente ejecutada por la fracción terrorista de la oposición en cumplimiento del programa elaborado por el Comando Sur para derrocar a Maduro y sintetizado en un documento cuyo título lo dice todo: “US Southcom Operation “Venezuela Freedom”, American Strategy to Overthrow the Maduro Government”. [1] Pese a ser minoritaria aquella fracción, apoyada sin reservas por el Comando Sur y su jefa civil, Liliana Ayalde (la tenebrosa ex embajadora de Estados Unidos en Paraguay y Brasil cuando se perpetraron ambos golpes de estado), tiene intimidados e inmovilizados con sus sicarios a los sectores de la oposición conscientes del catastrófico desenlace que puede tener la crisis y proclives a buscar una salida política a la misma. Pero estos se ven imposibilitados de hacerlo porque serían considerados traidores por los violentos que han dado muestras de estar dispuestos a hacer cualquier cosa, inclusive matar a opositores renuentes a acompañarlos en su orgía de sangre y destrucción.

Con su interminable cadena de “posverdades” y “plusmentiras”, como acertadamente lo señalara Fernando Buen Abad, los medios de comunicación hegemónicos se convirtieron en cómplices y, en cierto sentido, autores intelectuales de la destrucción y las muertes que ha provocado la ofensiva de los vándalos, presentados ante el público como la valiente y pacífica oposición democrática enfrentada a la cruel tiranía de Maduro. Nada nuevo: repiten la operación que hicieran, por ejemplo, en Nicaragua cuando los mercenarios que atacaban al recién instalado gobierno sandinista fueron glorificados como virtuosos “combatientes por la libertad”. Lo mismo en Libia, con los mercenarios implantados en Bengasi para dar inicio a la demolición de ese país. Medios que aplauden o exigen la “mano dura” contra la protesta social en Chile, o en Argentina o Brasil, pero que con infinita inmoralidad califican de “brutal represión” a la prudente y cuidadosa contención que con gases lacrimógenos y cañones de agua hace el gobierno bolivariano para controlar a quienes saquean, destruyen y matan. Exigen, y esto también está en el Plan del Comando Sur, que el estado desentienda de su obligación de preservar el orden público y deje a la sociedad, indefensa e inerme, a merced de terroristas y sicarios.

Totalmente subordinados a las ambiciones imperiales lo que estos medios buscan con su escandalosa manipulación (des)informativa es sembrar el caos y la anarquía, provocar una crisis humanitaria y la disolución de toda la trama social, instalando en Venezuela una suerte de bárbaro “estado de naturaleza” hobbesiano en donde el hombre sea el lobo del hombre. Acuciada por el malhumor social que provoca el desabastecimiento programado de bienes esenciales (igual que en el Chile de Allende) y el terror de la violencia ciega, la sociedad se desintegra y se repliega sobre un feroz individualismo tipo “sálvese quien pueda”. Destruido o paralizado el estado y, por consiguiente, desaparecida la institución que salvaguarda el orden público, nada podría ya frustrar la obsesión norteamericana de apoderarse, para siempre, del petróleo venezolano. Este es el plan, un plan concebido a escala planetaria para dejar a los pueblos indefensos ante la voracidad imperial que se arroja sobre ellos para despojarlos de sus riquezas. Es lo que Washington hizo en Libia e Irak, y lo que ahora quiere hacer en Venezuela, sede de la mayor reserva petrolera del planeta. Por eso la oposición cipaya y sus peones mediáticos alientan la violencia y procuran inmovilizar con sus chantajes al gobierno de Maduro, para que finalmente reine el caos. En los papeles, el plan parece perfecto. Pero en la patria de Bolívar, Zamora y Chávez, el imperialismo y sus compinches se encontrarán con la horma de sus zapatos. Chávez no pasó en vano y el bravo pueblo chavista y su gobierno sabrán, con ejemplar heroísmo, triunfar en esta batalla decisiva para su futuro como nación independiente y soberana.

[1] Ver http://www.globalresearch.ca/us-southcom-operation-venezuela-freedom-american-strategy-to-overthrow-the-maduro-government/5530383 . Según el New York Times el Comando Sur ha negado la autenticidad de este documento, que establece doce pasos para derrocar a Maduro, mismos que se han venido cumpliendo meticulosamente. Es una arraigada costumbre norteamericana que cada vez que se filtra un documento de este tipo sea inmediatamente descalificado por la agencia en cuestión. Pasó en los años setenta cuando Daniel Ellsberg entregó al New York Times documentos secretos del Pentágono en relación con la Guerra de Vietnam. Poco después se reconoció su carácter genuino y fueron publicados con gran éxito editorial en todo el mundo. Lo mismo hicieron las autoridades norteamericanas con los Wikileaks. Hace más de un año que el periodista argentino Héctor Bernardo dio la voz de alarma en relación con los planes del Comando Sur en Venezuela. Ver http://www.diariocontexto.com.ar/2016/04/29/operacion-venezuela-doce-pasos-para-un-golpe/.


Operación Venezuela Freedom-2 -  http://sivisp.org/operacion-venezuela-freedom-2/

Capitalismo: La gran estafa


capitalismo: la gran estafaEl sistema capitalista, no es otra cosa que una vulgaridad criminal convertida en una abstracción. Es una simple operación matemática (robar al prójimo con la política y la guerra) que terminó convertida en una civilización: El sistema capitalista nivelado como "mundo único" a escala planetaria.


 

Por Manuel Freytas (*) - Resumido, el capitalismo no es nada más que una empresa de ladrones comunes, que niveló a escala planetaria un "sistema" (económico, político y social) para legalizar y legitimar con leyes e instituciones un robo masivo y planetario de trabajo social y de recursos naturales, disfrazado de "economía mundial".

Si yo quiero entender lo que está pasando con la economía del sistema capitalista ¿A quién voy a leer?

¿A un analista ideologizado de izquierda, que cada dos palabras dice "muera la derecha"?

¿A un analista de derecha que analiza la economía capitalista "sin el sistema" capitalista?

El cóctel seguramente terminará en una confusión: Voy a terminar creyendo que la economía en una ciencia de "derecha", sin nada que ver con la pobreza ni con el resto de los procesos de dominación del hombre por el hombre que se suceden en el mundo.

Hay una tercera alternativa:


 

Leer a los voceros de los dueños del circo capitalista. Los que cuentan la realidad del robo a través de sus propias contradicciones y lucha por los mercados y el poder.

En economía, el corazón estratégico del sistema capitalista, no existen ni la verdad ni la mentira (son sólo moralismos antitéticos para controlar cerebros), sino que existen situaciones objetivas e intereses comerciales que determinan el qué y el para qué de los procesos económicos.

Y hay que tener en cuenta un principio probado por la historia: La guerras militares no se hacen para matar (la muerte es solo un emergente del robo) sino para dominar países, apoderarse de sus recursos y sus mercados y robarlos con total impunidad. Toda la historia del capitalismo (y de los sistemas imperiales que lo precedieron) está marcada por esa dinámica (Ver: Operaciones psicológicas: Su mente está siendo controlada por expertos ).

Como definición el capitalismo no es solamente un modelo económico, sino un sistema de dominación mundial establecido como civilización única.

En el actual diseño de "economía mundial trasnacionalizada" no son (en forma práctica) los gobiernos ni los países quienes deciden cuánto se produce y para quién se produce a escala mundial, sino las corporaciones y los bancos trasnacionales que tienen el dominio sobre las tres estructuras económicas básicas del sistema capitalista: La estructura de producción, la estructura de comercialización y la estructura financiera.

Esta dinámica funcional arroja la primera contradicción histórica del sistema: El capitalismo solo produce para quien puede pagar por los bienes y servicios producidos. La producción (controlada por las corporaciones transnacionales) no está orientada por la búsqueda del bien social sino por la búsqueda de la rentabilidad empresarial capitalista.

Esta asimetría funcional (del trabajo social y la apropiación individual) es la clave determinante de la existencia de ricos y pobres, de incluidos y excluidos, de empleados y desocupados, dentro de la pirámide histórico funcional del sistema capitalista nivelado como "civilización única".

Es más, la llamada "civilización" capitalista, sus instituciones, sus sistemas políticos y jurídicos, su cultura, sus reglas morales, sus credos religiosos, su arte, su arquitectura, sus ciudades, sus universidades, sus construcciones filosóficas, fueron edificadas a partir del robo y la esclavización de seres humanos.

¿Dónde está el "curro"?


 

Todo en el sistema capitalista, nace y empieza por el robo. O sea, empieza por la economía. Y luego, como decía Hauser, viene la abstracción, política, social y cultural, para disfrazar el robo.

En la Argentina se dice popularmente ¿"Dónde está el curro" (que significa "dónde está el negocio"), para descubrir la estafa que subyace detrás del discurso abstracto y retorcido de la tecnocracia económica de la City económica.

Fuera del barniz "academicista" que se estudia en las universidades de economía (que forman a los teorizadores del robo), los procesos económicos están motorizados por los negocios y la especulación financiera de la más baja calaña intelectual.

Les grafico con una anécdota:


 

En la Argentina, el general Juan Domingo Perón, uno de los más brillantes cerebros estratégicos de América Latina, era un maestro en convertir en simple lo complejo (lleno de academicismo y prejuicio "culturoso").

Después de tener entrevistas con tecnócratas de la economía, decía: "Ya hablaron los técnicos. Ahora tráiganlo a Miranda". Miranda, era su asesor principal, un genio autodidacta de la economía práctica. La única universidad que había cursado era su experiencia como comprador y vendedor de chatarra.

Miranda se encargaba de traducir, en números prácticos, la farragosa abstracción discursiva de los "macro" economistas, donde lo único que es real son los números, la diferencia matemática del robo capitalista, traducido en rentabilidad comercial del sistema empresarial y financiero que controla todo el sistema económico productivo.

La impunidad


 

Si el capitalista dijera la verdad abierta (su único mensaje efectivo y real que es el robo), las masas lo colgarían a los cinco segundos.

Así como al usurero lo protegen las leyes y la policía, la existencia impune del sistema capitalista solo se justifica por la existencia de los Estados imperialistas (con EEUU a la cabeza) con sus aparatos militares y sus arsenales nucleares rodeando como un anillo de muerte a países y recursos estratégicos.

Si las mayorías tomaran conciencia del macro-robo capitalista no habría refugio en todo el mundo para proteger a los empresarios y banqueros de la ira popular.

Por eso el capitalismo inventó y le dio identidad y escalas de "prestigio" a la cultura, a las universidades, y más recientemente a los medios de comunicación. Son los grandes ocultadores y legitimadores del robo capitalista ejecutado a escala masiva y con total impunidad.

Las fuentes


 

En este escenario, marcado por la abstracción del robo en niveles culturales y políticos, y para entender cómo funciona la economía capitalista no hay que ir a los medios alternativos sino a los representantes periodísticos más influyentes del sistema que controla la economía mundial desde Wall Street y las metrópolis financieras europeas.

Quien se interese en la investigación de sistemas y procesos económicos productivos (tanto de las potencias centrales como de los países periféricos) podrá comprobar que tanto los recursos naturales como los sistemas de producción y de comercialización a escala global están hegemonizados por no más de 200 bancos y corporaciones empresarias transnacionales cuyas casas centrales se encuentran en EEUU o Europa.

Estos gigantes "diversificados" e interactivos (ligados a través de infinitos vasos comunicantes) de la producción, el comercio y las finanzas mundiales, están liderados por los 30 primeros primeros consorcios trasnacionales que cotizan en el índice Dow Jones de Wall Street, el centro financiero del capitalismo a nivel mundial.

Dentro de esta lógica económica funcional del capitalismo, los Estados capitalistas (tanto del mundo imperial como del mundo dependiente) solo cumplen una función reguladora y ordenadora (elaboración de leyes, cobros de impuestos, gobernabilidad política y jurídica, etc) sobre la actividad económica desarrollada por las corporaciones privadas que hegemonizan las decisiones y el control sobre los recursos naturales, la producción y la comercialización de los bienes y servicios que consume la genéricamente llamada "humanidad".

Si yo quiero entender economía capitalista tengo que leer (razonadamente y separando los números reales del palabrerío) a los representantes periodísticos de los ladrones. Es decir a los analistas y medios económicos más "prestigiosos y creíbles" del sistema.

Por ejemplo: En The Wall Street Journal y The Financial Times están sintetizados las visiones macroeconómicas y financieras de las metrópolis imperiales dominantes: Wal Street, la eurozona y las metrópolis asiáticas.

Es más, en las páginas del financiero estadounidense y del británico, se puede hacer un seguimiento (identificando los grupos) de la guerra económica de EEUU y Europa por el control de los mercados y del sistema financiero.

El decodificador


En el sistema capitalista está todo a la vista. Los directorios los activos empresariales, las facturaciones, las ganancias y las fortunas personales están por Internet. Se pueden rastrear los procesos, verificar (en cifras numéricas) como bancos y empresas trasnacionales controlan el comercio interno, el comercio exterior y el sistema financiero de los países (tanto centrales como periféricos).

Con sólo leer y comparar los números, las "inversiones" y el saldo rentable, se puede verificar y hacer un seguimiento de la depredación económica (la transferencia de riqueza y de recursos) que realizan los conglomerados capitalistas multinacionales que controlan gobiernos y países.

Todos esos procesos (pasibles de ser estudiados y comprendidos lógicamente), permanecen ocultos y sin comprensión masiva por dos razones principales: Los analistas de derecha los deforman o los disfrazan, y los analistas de izquierda (salvo excepciones) no se dedican a los números sino a la ideología.

Y como el mundo capitalista se divide (antitéticamente) entre "izquierda" y "derecha", las mayorías quedan sin ninguna posibilidad de conocer como funciona el "gran robo" mundial del capitalismo legalizado y legitimado por las propias instituciones (culturales, políticas y mediáticas) que creó para ese fin.

Como dice un experto: El capitalismo es un libro abierto, sólo que hay que tener un decodificador y la voluntad para entender los procesos.

El nuevo sistema de dominio


 

Para cumplir con sus objetivos de dominación imperial (orientada a la depredación económica y a la conquista de mercados) el sistema capitalista utilizó históricamente (y sigue utilizando) dos técnicas básicas combinadas: El pensamiento individualista (como matriz de conducta social orientada a imponer la conciencia atomizada imperial por sobre la conciencia nacional de los países y sociedades conquistadas) y la desaparición de la frontera entre el dominador y el dominado (orientada a imponer al dominado el pensamiento y la ideología del dominador).

Mediante la publicidad comercial (la ideología del consumo) y la sociedad de consumo (la conducta consumista), el sistema capitalista niveló (en una fase de su desarrollo histórico) una "conciencia universal" basada y adaptada a los esquemas funcionales del mercado y a la búsqueda de rentabilidad comercial capitalista.

Los teóricos de la izquierda solo han llegado a la raíz "economicista" y "militarista" del sistema capitalista sin ahondar en el rol funcional que cumplen los medios de comunicación y la sociedad de consumo en el esquema del dominio sin el uso de las armas.

Hoy el sistema capitalista, masivamente y a nivel planetario, ya no domina con ejércitos militares sino con ejércitos mediáticos y técnicas de manipulación cerebral orientadas al direccionamiento de conducta masiva con fines de control político y social.

Destruido el Estado nacional (la barrera de contención territorial del capitalismo trasnacional) y sustituida la "conciencia social" por la "conciencia individual", se rompe toda escala de pertenencia de los individuos a una particular línea histórica de sociedad, familia, lengua, cultura, tradiciones y creencias (propias de un país y de sus fronteras geográficas) para convertirlos en terminales funcionales de una "conciencia universal" consumista del sistema capitalista nivelado a escala planetaria como "civilización única".

De manera tal que, durante la vigencia del capitalismo "transnacional", el esquema referencial de "socialización" de los individuos ya no se parametran en los "valores locales" sociales, históricos y culturales de cada país, sino en los "valores universales" expresados por formas del consumo de pensamiento social, modas, etc, enmarcados en la conciencia individualista.

Esta nivelación de conducta y pensamiento social individualista (que se puede confirmar en lo que reflejan a nivel planetario las grandes cadenas informativas y la propia Internet) permite alienar y "des-socializar" al individuo de su entorno natural y social (extrañamiento) y convertirlo en una pieza funcional destinada a consumir los diferentes productos y programas que el sistema capitalista utiliza para generar rentabilidad y dominar a escala planetaria.

El objetivo final es convertir y nivelar planetariamente al ser en una célula funcional del macro robo capitalista de la sociedad de consumo masificada también como "ideología única".

Comprar barato y vender caro


La economía del capitalismo empieza con dos frases: Compro barato y vendo caro.

Compro mano de obra barata (la explotación del hombre por el hombre), compro barato y controlo toda la producción (medios económicos), controlo todo el mercado (la comercialización), controlo todo el sistema financiero (la moneda), compro acciones baratas y las vendo caras (la especulación financiera) controlo todo el comercio exterior (el mercado internacional) evado o pago impuestos irrisorios (control de gobiernos), y luego vendo la producción al precio más caro (la hegemonía monopólica de la economía).

La diferencia matemática resultante de esta ecuación, es la ganancia capitalista (generadora de concentración de riqueza en pocas manos), producida por un sistema que no está orientado a satisfacer la demanda social colectiva sino a satisfacer la rentabilidad privada de los macrobancos y megaempresas que controlan todo el proceso económico.

El primer axioma funcional de un capitalista sionista (los padres del sionismo de Wall Street) es vender caro y comprar barato, lo que da como resumen la ganancia capitalista.

Eso exactamente es lo que hicieron los bancos y grupos financieros sionistas que controlan la Reserva Federal y las tasas de interés, con la "burbuja hipotecaria", primero, y con la "crisis hipotecaria" después.

Primero vendieron caro:


 

--- Mientras la Reserva Federal mantenía la tasa de interés baja las empresas y bancos cosecharon multimillonarias ganancias con el "boom inmobiliario" en EEUU.

--- Luego (en un frente de "multi-negocio financiero" a escala global) los mega-bancos y fondos de inversión de Wall Street y Europa colocaron esos bonos a valores altísimos en los mercados mundiales, generando una burbuja ganancial especulativa de billones de dólares.

Luego compraron barato:

Con los fondos financieros estatales de los "rescates" a grandes empresas y bancos, los mismos que produjeron la crisis con la "burbuja" compraron a precio irrisorio acciones y activos empresariales vendidos en masa por los perdedores de la crisis financiera desatada en los mercados globales.

O sea que, por la misma mecánica de comprar barato vender caro, las acciones así como los activos de las empresas fueron a parar a los bolsillos de los mismos grupos súper-concentrados que detonaron la "burbuja" y luego detonaron la "crisis", para apoderarse de activos y acciones empresariales a precio devaluado.

*) Manuel Freytas es periodista, investigador, analista de estructuras del poder, especialista en inteligencia y comunicación estratégica.

Unir lo mejor del capitalismo y el socialismo


unir lo mejor del capitalismo y el socialismoCuando el mundo era bipolar, alguien dijo lo que suena a obviedad: “juntemos lo mejor del capitalismo y el socialismo en un solo sistema“. Si cada uno tiene sus defectos y virtudes por qué no desechar lo inútil. La idea es atractiva, sería algo así como la sociedad idílica. Pero qué impide realizarla ¿Por qué se sigue hablando de capitalismo y socialismo? Detrás de aquella obviedad habita otra: no puedes sacar lo mejor del capitalismo como si se tratara de una fruta que se dañó al caer del árbol. Las virtudes de ese sistema se sustentan en sus defectos.


Al parecer la idea no era lo que prometía y continúan las mismas opciones: o mantienes el modo de vida que daña cada rincón de este planeta o buscas una alternativa que solucione los problemas desde la raíz.

En la política, como en la vida, estar en el centro resulta complicado. Sin embargo, existe el funambulismo.

Cubadebate conversó sobre el Centrismo Político con el intelectual cubano, Enrique Ubieta, quien a preguntas sencillas respondió con disertaciones sobre la historia, vigencia y posible aplicación en Cuba de la llamada Tercera Vía.

–¿Es posible que el centrismo represente lo mejor del capitalismo y el socialismo?

–El capitalismo no es una suma de aspectos negativos y positivos, de elementos que pueden ser rescatados o desechados: es un sistema, que en algún momento fue revolucionario y hoy no lo es. Lo engloba y lo encadena todo: la alta tecnología, la más sofisticada riqueza y la miseria más absoluta. Los elementos que contribuyen a una mayor efectividad en la producción son los mismos que enajenan el trabajo humano. Los que generan riqueza para unos pocos, producen pobreza para las mayorías, a nivel nacional e internacional. Me parece una falacia establecer semejante meta: no existe “lo mejor del capitalismo”, como si este pudiera ser depurado, como si un capitalismo bueno fuese factible. Hay versiones muy malas, como el neoliberalismo o el fascismo, pero no conozco ninguna buena. El capitalismo siempre es salvaje.

Por otra parte, el socialismo, a diferencia del capitalismo, no es una totalidad orgánica, una realidad ya construida, sino un camino que no deja atrás de golpe al sistema que intenta superar. Probamos por aquí y por allá, adoptamos nuevas formas, avanzamos y retrocedemos, eliminamos lo que no resulta, rectificamos los errores una y otra vez; un camino hacia otro mundo, en medio de la selva, porque el capitalismo es el sistema hegemónico. Lo que lo caracteriza es su intención confesa, consciente, de superar al capitalismo.

¿Existe un centro? ¿Sobre qué bases se establece? En el sistema electoral capitalista supuestamente existe una izquierda y una derecha, pero esa izquierda, cuya matriz ideológica es la socialdemocracia, que en sus orígenes era marxista y pretendía reformar el capitalismo hasta hacerlo gradualmente desaparecer, hoy es funcional al sistema, y ha renegado del marxismo, y se diferencia de los partidos conservadores en sus políticas sociales y en su comprensión desprejuiciada de la diversidad. La fórmula centrista funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero. El elector –que se maneja como un cliente porque las elecciones funcionan como si fueran un mercado– está harto de que los partidos de derecha y de izquierda se alternen y apliquen políticas similares, y el sistema construye entonces una falsa tercera vía.

Pero los polos reales no están dentro de un sistema, se contraponen: son el capitalismo y el socialismo. No existe un centro, un espacio neutro entre los dos sistemas. La socialdemocracia se ubica dentro del capitalismo, pero finge ser un centro, que intenta hacer lo que declaramos imposible: tomar lo mejor de uno y otro sistema. En realidad, provoca una alternatividad de métodos, no de esencias. Más allá de casos muy aislados, como pudo haber sido Olof Palme en Suecia, que vivía en un país muy rico, que aún sin haber tenido colonias, como parte del sistema capitalista, también se benefició del sistema colonial y neocolonial.

La socialdemocracia, que parecía ser la triunfadora, dejó de tener sentido cuando cayó la Unión Soviética y desapareció el Campo Socialista. Ni siquiera en Suecia pudo mantenerse (Olof Palme fue asesinado). A partir de entonces, el sistema ya no la necesitó y tiene que recomponerse. La Tercera Vía de Tony Blair es un centro que se ha corrido todavía más hacia la derecha: acepta e instrumenta una política neoliberal y se alía a las fuerzas imperialistas en sus guerras de conquista. La historia de la socialdemocracia es esencialmente europea.

¿Qué papel podrían tener las políticas de centro en Cuba?

En definitiva, ¿qué es ese centro? Es una orientación política que se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución.

Y en otros casos, como el nuestro, intenta usar la cultura política de izquierda que existe en la sociedad cubana porque no puedes llegar aquí con un discurso de ultraderecha a tratar de ganar adeptos. Tienes que usar lo que la gente interpreta como justo y con ese discurso de izquierda empezar a introducir el capitalismo por la puerta de la cocina. Ese sería el papel que podría tener el centro dentro de una sociedad como la cubana.

Con diferentes terminologías y contextos, políticas similares al centrismo han estado presentes en la historia de Cuba desde que el Autonomismo intentara detener la Revolución independentista de 1895… ¿Por qué cree usted que hay una especie de resurgimiento del centrismo en Cuba en el contexto actual?

En la historia de Cuba está muy clara esa división de tendencias entre el espíritu reformista y el revolucionario. Es una vieja discusión en la historia del marxismo, pero solo voy a referirme a la tradición cubana.

El reformismo está representado por el autonomismo y por el anexionismo. Hay autores que insisten en decir que el anexionismo aspiraba a una solución radical, porque quería la separación de España. Aquí el término “radical” está mal usado, porque no se iba a la raíz del problema. La solución de anexar el país a los Estados Unidos era solo en apariencia radical porque pretendía conservar los privilegios de una clase social y evitarle además el desgaste económico de una guerra por la independencia, conservar el statu quo a través de la dominación de otro Poder que garantizara el orden. Las dos tendencias, el anexionismo y el reformismo, tenían como base la absoluta desconfianza en el pueblo. El miedo a “la turba mulata”, como decían los autonomistas.

El reformismo entreguista ha permanecido a lo largo de la historia de Cuba hasta nuestros días, no se ha extinguido. La Revolución de 1959 lo barrió como opción política real, pero la lucha de clases no ha desaparecido. Si la burguesía o la que aspira a serlo, intenta retomar el poder en Cuba, tanto la que se ha formado fuera del país como la que pueda estar gestándose dentro, va a necesitar de una fuerza exterior que la respalde.

En Cuba no habría un capitalismo autónomo, no existe ya en ninguna parte del mundo, menos en un país pequeño y subdesarrollado. El capitalismo cubano, como en el pasado, solo puede ser neocolonial o semi-colonial. La única forma que tiene la burguesía de retomar y mantener el poder en Cuba, es a través de un poder externo; es la única opción para reproducir su capital, y ya sabemos que la Patria de la burguesía es el capital.

Hoy existe una situación que favorece este tipo de tácticas centristas, sembradas en Cuba desde el Norte. Termina su ciclo histórico-biológico la generación que hizo la Revolución. Alrededor del 80 por ciento de la sociedad cubana no vivió el capitalismo. Imagínate, Cuba es un país que intenta construir una sociedad diferente a otra que la gente no vivió. Hay una situación de cambio y se introducen nuevos elementos, antes rechazados, en la concepción del modelo económico-social. Es en ese contexto que las fuerzas procapitalistas construyen su discurso seudorevolucionario, solo en apariencia, enlazado a los cambios que se operan en el país.

¿La Actualización del Modelo Económico y Social Cubano tiene alguna semejanza con el Centrismo?

No la tiene. Apelo a conceptos que hallé en el filósofo argentino Arturo Andrés Roig. Es imprescindible diferenciar dos planos: discurso y direccionalidad discursiva, significado y sentido. Recuerdo que mientras estudiaba la década de 1920, observaba que Juan Marinello y Jorge Mañach decían casi lo mismo, manejaban conceptos muy similares, porque eran intelectuales que estaban en la vanguardia del pensamiento y el arte cubanos. Pero si sigues la trayectoria de ambos, comprenderás que aquellas palabras con significados similares tenían sentidos diferentes. Marinello se integró al Partido Comunista y Mañach fundó un partido de tendencia fascistoide. Uno peleaba por la justicia social y el socialismo, mientras que el otro deseaba tardíamente convertirse en el ideólogo de una burguesía nacional que ya no existía. No creo que esa ruptura sea solo el resultado de una evolución posterior: ya estaba implícita en la diferente direccionalidad histórica de sus discursos.

Es importantísima esa diferenciación de sentidos, hoy más que nunca, porque vivimos en un contexto lingüístico muy contaminado, promiscuo, en una sociedad global que ha asimilado el discurso e incluso los gestos tradicionales de la izquierda, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial. La lucha de clases se enmascara, y es preciso desentrañar a quienes sirven nuestros interlocutores.

¿Qué se proponen los Lineamientos? Buscar una vía propia, alternativa, para avanzar hacia el socialismo, ya que no existe ningún modelo universal y cada país y cada momento histórico son peculiares. Un socialismo cubano equivale a decir un camino cubano hacia una sociedad diferente a la capitalista, en un mundo hostil, desde la pobreza, el bloqueo implacable y la ausencia de recursos naturales, si exceptuamos el conocimiento de sus ciudadanos.

Esa es la situación real de Cuba. Nos proponemos mantener y profundizar la justicia social alcanzada, y para ello debemos dinamizar las fuerzas productivas. Por eso establecemos límites a la acumulación de riquezas y propiedades, y nos preocupamos por los mecanismos de control de esos límites. En sentido inverso, los centristas, con lenguaje parecido al nuestro, sugieren que hemos abandonado el ideal de justicia social, pero exigen una profundización de esos cambios que conduciría al desmantelamiento de lo mínimamente conseguido en términos de justicia. La “profundización” que exigen los centristas, tanto desde el punto de vista económico como político, es una vuelta al capitalismo. Pueden y deben ser escuchadas las opiniones críticas y divergentes en nuestra sociedad, pero todas deben apuntar hacia un mismo horizonte de sentido.

Cuando alguien dice que el socialismo no ha logrado erradicar la corrupción o la prostitución, yo me entristezco porque sé que es verdad. Pero al mismo tiempo habría que preguntar: “¿el capitalismo qué haría con eso?” Lo multiplicaría. Cuando la acusación no conlleva un camino hacia el afianzamiento del sistema que tenemos en el país –el único que puede subsanar sus defectos, insuficiencias y errores–, sino hacia su destrucción, la crítica es contrarrevolucionaria.

Porque no todo lo que hagamos estará bien; nos vamos a equivocar, eso es seguro. El que camina se equivoca. Lo importante es tener la capacidad para rectificar y tener claro el sentido de lo que estamos haciendo, para qué lo hacemos. Si en algún momento perdemos el rumbo, habrá que consultar la brújula que marca el sentido. Que todo lo que podamos hacer ahora, y lo que discutamos, esté marcado por la clarificación de qué queremos y hacia dónde vamos.

¿Se puede ser centrista y revolucionario al mismo tiempo?

No, en absoluto. Un reformista no es un revolucionario. Lo que no significa que un revolucionario no pueda hacer reformas. Los revolucionarios hicimos la Reforma Agraria, la Urbana… Ser reformista es otra cosa.

El reformista confía en las estadísticas y en descripciones exhaustivas de su entorno que terminan haciéndolo incompresible. Una descripción minimalista de las paredes de esta habitación no nos permitiría entender dónde estamos, porque este cuarto está en un edificio, en una ciudad, en un país, es decir, la descripción, para ser útil, presupone una comprensión mayor. Hay que alzarse en vuelo de cóndor para ser revolucionario, que es lo que Martí exigía.

El reformista es descriptivo –cree que la realidad se agota en lo que ve y toca–, por eso se confunde y falla. En la política, el reformista solo puede sumar los cuatro elementos visibles del entorno social. El revolucionario añade un quinto elemento subjetivo no detectable a simple vista. Un elemento que el reformista no toma en cuenta, porque no confía en el pueblo. Podemos resumir ese quinto elemento en el histórico reencuentro en Cinco Palmas de los ocho sobrevivientes del desembarco del Granma, dicho en palabras de Raúl: “Me dio un abrazo y lo primero que hizo fue preguntarme cuántos fusiles tenía, de ahí la famosa frase: ‘Cinco, más dos que tengo yo, siete. ¡Ahora sí ganamos la guerra!’. Es el salto sobre el abismo que pedía Martí.

Eso es lo que diferencia a un revolucionario de un reformista. Y un centrista es algo peor que un reformista, porque de alguna manera es un simulador.

En la tradición europea toda esa trama conceptual, teórica, política que se fue urdiendo desde el siglo XIX le otorga cierta espesura a los debates. En Cuba esos debates manifiestan su trasfondo de forma mucho más evidente. Y toda esa palabrería de juntar capitalismo con socialismo, de quedarte en un plano discursivo revolucionario, pero en la práctica contrarrevolucionario, de alguna manera, a mi modo de ver, también evidencia cierto nivel de cobardía, cierta incapacidad para liderar un proyecto en el cual crees. Esas personas creen en un proyecto que es opuesto al nuestro, pero no tienen la fuerza política ni la valentía suficiente para enarbolarlo abiertamente.

 

 
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