por:  Fernando Rosso

Algunas interpretaciones afirman que el kirchnerismo y el PRO fueron dos respuestas políticas a la crisis del 2001.

El proceso que culminó en el diciembre caliente no sólo derrumbó el salario y el empleo, aumentó la pobreza y casi amenaza con llevarse puesto el sistema mismo; sino que también estuvo a punto de devorarse al régimen de partidos.

Irrumpió bajo la forma de una “crisis orgánica”: económica, social y política. Lo representados rompieron con sus representantes, la economía entró en zona de catástrofe y tuvo lugar el hundimiento del radicalismo y una maltrecha sobrevida del peronismo.

En ese contexto, otros análisis se preguntan si el kirchnerismo fue el último avatar del peronismo o el primer movimiento político del siglo XXI.

Y en la misma tónica de reflexión, si el macrismo es la última manifestación de la vieja derecha o el segundo partido de la nueva era pos-2001.

El “que se vayan todos” reflejó la intensidad y a la vez los límites del programa de diciembre. Para dar respuesta a la crisis política (o crisis de representación que contiene toda crisis orgánica), el kirchnerismo cooptó e incorporó a su coalición a organizaciones de la izquierda de la sociedad civil que mantenían su prestigio por haber enfrentado al menemismo y su continuidad en la Alianza.

El macrismo hizo lo propio con referentes sociales de la franja derecha de esa sociedad (ONG, voluntariado católico y gerenciadores de empresas) que hoy ocupan cargos y responsabilidades en el gobierno de Cambiemos.

El primero pudo recomponer una forma de régimen de partido dominante apuntalado por el ciclo económico favorable y el segundo llega al poder a caballo de la crisis de ese ciclo; y el desgaste de cualquier fuerza vital que fue limada por la pasivización y estatización disciplinaria de las organizaciones sociales.

La pregunta que cae por su propio peso es: ¿qué pasa entonces con el régimen de partidos?

El peronismo está sufriendo un largo proceso de mutación y divisiones y el radicalismo sobrevivió a condición de convertirse en muleto del nuevo engendro (o en una especie de PMDB argentino).

Los sindicatos burocráticos persisten dirigidos por los que no se fueron nunca, como columna vertebral del régimen político, aunque medidos históricamente, con marcados rasgos de aparatos estatizados y aceitadas maquinarias burocráticas, cuyos líderes no generan lo que se dice una pasión de multitudes.

Con el descenso de la ola de crecimiento económico vuelven a la superficie las reminiscencias de la crisis orgánica, como disgregación y agonía de los llamados “partidos populares”, y hegemonía muy débil de la que pretende conformar una nueva identidad política: el PRO.

Editorialistas del diario La Nación como Carlos Pagni o Joaquín Morales Solá se entusiasman con el “decisionismo” que muestra Macri y que se expresa, por ejemplo, en el destrato que les aplicó a los dirigentes sindicales, pese a que por debajo de la mesa acelera el flujo de los fondos para las obras sociales. Estos mensajes, como el veto a la ley antidespidos, serían rasgos de autoridad. Es “más Menem que De la Rua”, afirman. Pero el problema de esa lectura es que Menem derrotó a la clase trabajadora y usufructuó para ese objetivo el terror de la crisis hiperinflacionaria. Macri no tiene catástrofe con la que asustar, y en eso reside la fuerza de sus primeros meses, así como su debilidad estratégica.

El kirchnerismo se construyó con los pilares “agónicos” de un peronismo escondido detrás de escena; el macrismo con los retazos del radicalismo que estalló.

Los presuntos nuevos partidos del siglo XXI andan con las muletas gastadas de las formaciones políticas del siglo XX.

Ninguno constituyó una identidad política verdaderamente nueva, como lo evidenció la traumática derrota kirchnerista que terminó en el “engendro Scioli”, o como lo demuestra el vacío del PRO que explota mucho más el rechazo al kirchnerismo, antes que el entusiasmo por su relato de manual de autoayuda.

Cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, surgen fenómenos aberrantes, sentenció el comunista sardo Antonio Gramsci.

En esa encrucijada aparece Durán Barba en la mesa de Mirtha Legrand explicando el fracaso argentino y Alejandro Rozitchner dicta cursos de Positividad Inteligente sobre las ruinas desfalcadas de la ANSES.

Como dijo Lucas Carrasco, en cualquier momento lo nombran flamante secretario de Coordinación Estratégica de la falta de Pensamiento Racional. Lo que se dice una aberración hecha y derecha.

 Publicado en: La izquierda Diario (columna de opinión)

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